al-Hakam I
El emir duro. Tercer omeya independiente, gobernó veintiséis años marcados por las conjuras palaciegas y las revueltas urbanas. Comenzó reprimiendo a sus tíos Sulayman y Abd Allah, y siguió con la Jornada del Foso (805): convocó a setenta y dos notables cordobeses sospechosos de conspirar, los hizo ejecutar uno tras otro y exhibió los cadáveres en una zanja a la orilla del Guadalquivir. Trece años después, en marzo de 818, una revuelta del Arrabal del Sur de Córdoba — el barrio del rabad — terminó con tropas eslavonas saqueando las casas y con miles de habitantes huidos: unos veinte mil emigraron a Egipto y Creta, ocho mil a Fez. La represión rompió cualquier autonomía urbana en Córdoba durante una generación.
Para sostener la coerción reforzó la guardia palatina eslava, los llamados mudos — soldados de origen centroeuropeo capturados de niños y educados como mercenarios sin lealtades locales —, que se convertirían en pieza estructural del estado andalusí hasta el siglo XI. Mantuvo aceifas regulares contra los reinos cristianos del norte, estableció la frontera del Ebro y dejó el emirato más sólido militarmente que cuando lo recibió. Murió en mayo de 822 dejando como heredero a Abd al-Rahman II, que abriría la fase cultural del emirato.