Abd al-Rahman III
al-Nasir li-Din Allah
El primer califa de al-Ándalus y, con cuarenta y nueve años de reinado, el soberano más longevo de toda la historia peninsular musulmana. La historiografía castellana lo conoce como Abderramán III; sus contemporáneos lo invocaban con el laqab al-Nasir li-Din Allah, «el que hace triunfar la religión de Dios».
Heredó el trono de su abuelo Abdallah I el 16 de octubre de 912, con apenas veintiún años, en un emirato fragmentado por dos décadas de rebeliones muladíes y bereberes. Las grandes ciudades del sur seguían en órbita de Ibn Hafsun, señor de Bobastro; en el norte, Toledo, Badajoz y Zaragoza desconocían la autoridad cordobesa. Necesitó casi veinte años de campañas militares y diplomacia paciente para someterlas: Bobastro cayó en 928, año en que toda al-Ándalus quedó de nuevo bajo Córdoba.
El 16 de enero de 929 EC / 317 H dio el paso simbólico definitivo: rompió el reconocimiento nominal del califato abasí de Bagdad, asumió el título de amir al-mu’minin («príncipe de los creyentes») y se proclamó califa por derecho propio. La decisión no fue gratuita. Los fatimíes habían fundado en Ifriqiya, en 909, un califato chií que disputaba a los omeyas el liderazgo del islam occidental: o Córdoba reivindicaba su rango histórico o quedaba relegada a provincia. La proclamación lo cambió todo en el plano simbólico — moneda con el nombre del califa, oración del viernes en su nombre, protocolo cortesano completo — y abrió el siglo de mayor brillo de al-Ándalus.
Desde 936 levantó Madinat al-Zahra, la ciudad palatina a ocho kilómetros de Córdoba, sede de gobierno y escenario para impresionar a las embajadas que llegaron de Bizancio, Otón I de Sajonia, los reyes leoneses y los soberanos magrebíes. La economía y la cultura prosperaron — agricultura irrigada, monedas de oro, libros, ciencia — pese a episodios duros: la derrota frente a Ramiro II de León en Simancas–Alhandega (939) le costó parte de su tesoro y le hizo abandonar la dirección personal de las campañas. Murió en Córdoba el 15 de octubre de 961, sin oposición sucesoria, dejando el califato a su hijo al-Hakam II.