Al-Ándalus · Córdoba

Abd Allah ibn Muhammad

Reinó · 24 años

El último emir y el más débil. Séptimo soberano omeya independiente, hermano de al-Mundhir, asumió el trono en circunstancias sospechosas — los rumores de envenenamiento fraternal lo persiguieron toda la vida — y gobernó veinticuatro años durante los cuales el emirato perdió control efectivo de prácticamente todo su territorio.

A finales de su reinado solo la vega del Guadalquivir entre Córdoba y Sevilla obedecía al emir. Ibn Hafsun dominaba la sierra de Ronda y avanzaba hasta la costa; los Banu Qasi mantenían el valle del Ebro como dinastía propia; los Banu Marwan controlaban Badajoz y Mérida; los Tuyibíes, Zaragoza; los Banu Yillíqi y los Banu Hayyay desafiaban en Toledo y Sevilla. Las aceifas anuales contra los reinos cristianos se interrumpieron — ya no había recursos —, y el norte cristiano aprovechó para expandirse: Alfonso III de Asturias alcanzó el Duero, los condes catalanes consolidaron la frontera del Llobregat, los Banu Qasi tomaron Pamplona.

En el plano dinástico, Abd Allah cometió los actos más sombríos del linaje omeya: hizo ejecutar a dos de sus propios hijos, Mutarrif (asesinado en 895) y Muhammad (en 891) — el padre del futuro califa —, en circunstancias políticas oscuras. La sucesión, ante la falta de hijos vivos adecuados, recayó en su nieto Abd al-Rahman, hijo del Muhammad ejecutado, que tenía veintiún años cuando heredó en octubre de 912. Lo que parecía el final del emirato se convertiría — con el nieto — en el inicio del califato de mayor brillo.

Padre Muhammad I · hermano de al-Mundhir
Reinado 24 años — descomposición territorial del emirato
Crisis Solo el llano cordobés bajo control real · todas las provincias rebeldes
Familia Hizo ejecutar a dos hijos · designó nieto Abd al-Rahman como sucesor
Sucesor Abd al-Rahman III, su nieto, fundador del califato