Yusuf II
al-Mustansir bi-Llah
Quinto califa almohade. Sucedió a su padre Muhammad al-Nasir con apenas diez años, designado en lecho de muerte por un al-Nasir derrotado y enfermo tras Las Navas. Adoptó el laqab al-Mustansir bi-Llah — «el que invoca la victoria de Dios» —, mismo título que asumiría el último califa Hisham III omeya y dos siglos después un sultán nazarí. Las monedas almohades de plata acuñadas durante su reinado llevan inscrito el laqab.
La regencia recayó en una oligarquía cuidadosamente equilibrada de jeques almohades veteranos y burócratas marrakesíes — el visir Abu Sa’id Uthman ibn Yam’i a la cabeza —, que retiraron a Yusuf II del poder real y lo confinaron a los palacios de Marrakech. El joven califa, descrito por las fuentes árabes (Ibn Idhari, al-Marrakushi) como aficionado al ocio cortesano y poco interesado en el gobierno, dejó que el imperio entrase en proceso irreversible de descomposición. Entre 1213 y 1224 los almohades perdieron progresivamente la línea Alcaraz-Cazorla-Baeza-Andújar, las plazas estratégicas de Sierra Morena y los pasos hacia el Guadalquivir; Fernando III de Castilla preparaba ya el cerco que tomaría Córdoba en 1236.
Su muerte fue tan singular como su reinado. A principios de 1224, con apenas veintiún años y sin haber designado heredero, fue corneado mortalmente por un toro doméstico que mantenía como entretenimiento en el palacio marrakesí — accidente recogido sin variantes por las fuentes árabes y cristianas. La ausencia de descendencia masculina abrió la gran crisis sucesoria almohade: tres facciones — los partidarios de su tío Abd al-Wahid, los de Idris al-Ma’mun gobernador de Sevilla, y los de Yahya b. al-Nasir — se disputaron el califato durante la década siguiente, mientras Castilla y Aragón aprovechaban la fragmentación para conquistar el Algarve, Mallorca, Valencia y Córdoba. El imperio almohade en al-Ándalus, técnicamente, no sobrevivió a este vacío sucesorio.