Juana I
Juana I de Castilla fue reina legítima de Castilla durante cincuenta y un años, de 1504 a 1555, aunque apenas gobernó durante un breve período inicial. La narrativa de su “locura” —el epíteto “la Loca” con el que figura en la historiografía popular— fue construida y explotada políticamente por quienes tenían interés en apartarla del poder: su esposo Felipe el Hermoso, su padre Fernando el Católico y su hijo Carlos I. La historiografía contemporánea ha revisado este relato, destacando que Juana mostró voluntad política y capacidad de decisión en momentos concretos, y que su reclusión respondió a lógicas dinásticas más que a un estado clínico objetivamente incapacitante.
Felipe el Hermoso, que llegó a Castilla con Juana en 1506 para reclamar la gobernación, murió ese mismo año repentinamente en Burgos. Fernando el Católico retomó la regencia y, en 1509, hizo internar a Juana en el palacio de Tordesillas, donde permaneció durante cuarenta y seis años hasta su muerte. Durante la revuelta de las Comunidades (1520-1521), los comuneros intentaron legitimarse apelando a la reina cautiva, pero Juana no les otorgó el respaldo explícito que habrían necesitado.
Carlos I, su hijo, la visitó en pocas ocasiones y mantuvo la reclusión como solución política permanente. Juana murió en Tordesillas en 1555, el mismo año en que Carlos I abdicó en su hijo Felipe. Fue la última soberana de la casa de Trastámara en Castilla; con Carlos I comenzó el reinado de los Habsburgo.