García Ramírez
el Restaurador
García Ramírez representa una bisagra histórica: su elección como rey en 1134 supuso la restauración de Navarra como reino independiente después de casi seis décadas bajo dominio aragonés. El detonante fue la muerte de Alfonso I el Batallador sin herederos legítimos —su testamento, que legaba sus reinos a las órdenes militares, fue ignorado por las aristocracias locales—, lo que creó un vacío que navarros y aragoneses resolvieron de manera separada: Aragón eligió a Ramiro II el Monje, y la nobleza navarra se inclinó por García Ramírez.
Su conexión con la dinastía Jiménez era, según las fuentes, la de un descendiente colateral, posiblemente nieto de Sancho Garcés IV por una línea bastarda. Esta legitimidad dinástica, aunque no era la del heredero directo, resultó suficiente para una nobleza que necesitaba un candidato que justificara la ruptura con Aragón y la continuidad con la tradición propia del reino.
El reinado estuvo marcado por la necesidad de consolidar la nueva independencia frente a dos vecinos que la cuestionaban: Aragón, que consideraba Navarra parte de su herencia, y Alfonso VII de Castilla, que reclamaba derechos de suzeranía. García Ramírez maniobró diplomáticamente entre ambas presiones sin ceder la independencia del reino. Murió en 1150 habiendo cumplido el objetivo esencial de su reinado: devolver a Navarra su condición de entidad política autónoma.