Fernando III
el Santo
Fernando III es el rey que consumó la unión definitiva de León y Castilla y el que amplió de forma más radical las fronteras del poder cristiano peninsular en el siglo XIII. Era hijo de Alfonso IX de León y de Berenguela de Castilla —cuyo matrimonio había sido anulado por razones canónicas—. Cuando murió Enrique I de Castilla en 1217 sin descendencia, su madre Berenguela recibió el título y lo cedió de inmediato a Fernando, garantizando así la continuidad dinástica castellana por línea femenina. En 1230, a la muerte de Alfonso IX, Fernando reclamó también el trono leonés frente a las hijas que su padre había dejado de su segundo matrimonio. La unión de los dos reinos, que esta vez no se desharía, se consumó ese año.
Desde Castilla y León unidas, Fernando III emprendió las mayores campañas de avance territorial hacia el sur que habían conocido los reinos peninsulares hasta entonces. En 1236 tomó Córdoba, antigua capital del califato omeya, aprovechando la fragmentación del mundo almohade tras su derrota en Las Navas de Tolosa (1212). En 1248 conquistó Sevilla, la ciudad más poblada y rica de al-Ándalus, tras un sitio prolongado. El reino nazarí de Granada quedó como único estado islámico peninsular, en posición de vasallaje tributario respecto a Castilla. Jaén, Murcia y otras plazas se incorporaron también durante su reinado o en sus inmediatas consecuencias.
Fernando III fue canonizado por la Iglesia católica en 1671, casi cuatro siglos después de su muerte, lo que explica el epíteto “el Santo” que la tradición le asignó. Su figura fue ampliamente utilizada por la historiografía castellanista posterior como símbolo de la unidad hispánica, una lectura que proyecta sobre el siglo XIII categorías propias del siglo XIX y que conviene tomar con la distancia debida. En su propio contexto, Fernando III fue un rey de una corona feudal que expandió su territorio con una eficacia militar y diplomática excepcional, y cuyo reinado transformó el mapa político de la Península Ibérica de forma duradera.