Felipe II
Felipe II construyó desde Madrid el gobierno más complejo que había conocido la monarquía hispánica hasta entonces: gestionó simultáneamente los territorios peninsulares, los Países Bajos, las posesiones italianas, los virreinatos americanos, las Filipinas y, desde 1580, el Imperio português con sus factorías en África, India y Brasil. La concentración de la administración en la corte madrileña fue su respuesta característica a esa complejidad, creando un aparato burocrático que requería la firma del rey en una cantidad enorme de documentos.
La victoria de Lepanto en 1571, lograda por la flota de la Santa Liga bajo Juan de Austria, limitó el poder otomano en el Mediterráneo occidental, pero no lo eliminó. La revuelta de los Países Bajos, iniciada en 1566, fue el conflicto que más recursos consumió y que no pudo resolver: la represión del duque de Alba y las campañas militares posteriores no sofocaron la rebelión, que terminaría desembocando en la independencia de las Provincias Unidas. La empresa de la Gran Armada contra Inglaterra en 1588 fracasó ante la combinación de la flota inglesa y el mal tiempo.
La incorporación de Portugal en 1580 —legitimada por los derechos sucesorios de Felipe como nieto de Manuel I— fue el momento de mayor extensión territorial de la monarquía. Felipe gobernó Portugal con respeto a sus instituciones y leyes propias, al menos en teoría; pero la integración de los dos imperios coloniales bajo una sola Corona cambió el balance geopolítico del mundo atlántico. Murió en El Escorial en 1598, tras construir ese monasterio-palacio como símbolo permanente de la visión de su reinado.