Carlos III
el Noble
Carlos III fue el contrapunto de su padre Carlos II: mientras el Malo había maniobrado sin descanso en la política europea con escasos resultados, el Noble optó por una política de estabilización interior y abandono de las costosas ambiciones exteriores. Esta elección le valió el apodo y le permitió gobernar Navarra durante treinta y ocho años con una solidez que el reino no había conocido desde los tiempos de Sancho el Fuerte.
Renunció formalmente a las pretensiones sobre el trono francés y normalizó las relaciones con Castilla mediante tratados de paz, entre ellos el de 1404. En el interior, impulsó la construcción del Palacio Real de Olite, la obra arquitectónica más ambiciosa de la monarquía navarra medieval, que convirtió la villa en residencia principal de la corte.
Su única carencia fue la de un heredero varón: su matrimonio con Leonor de Castilla produjo varias hijas pero ningún hijo superviviente. La sucesión recayó en su hija Blanca, casada con el infante Martín de Aragón y luego, en segundas nupcias, con Juan de Aragón —el futuro Juan II—, lo que entrelazaría el destino de Navarra con el de la corona aragonesa de manera determinante.