Muhammad XI
Boabdil — al-Zughbi, «el Desventurado»
El último sultán de Granada y figura simbólica del fin del islam político en la Península. Castellanizado como Boabdil — deformación oral de Abu Abd Allah, parte de su nombre completo —, sus contemporáneos árabes lo conocían como al-Zughbi, «el Desventurado», nombre que la historiografía posterior amplificaría con el episodio del «Suspiro del Moro».
Nota historiográfica: la Real Academia de la Historia y las fuentes árabes contemporáneas lo numeran como Muhammad XI, mientras que la historiografía castellana tradicional lo conocía como Muhammad XII. La actualización deriva de la inclusión, en el cómputo dinástico árabe, de varios pretendientes que la cronística castellana omitía. Su tío al-Zagal, antes considerado simplemente «el rival», recibe ahora la numeración Muhammad XII en RAH. La historiografía nazarí especializada (Sánchez Carrasco, 2021) coincide con la tradición castellana en numerarlo Muhammad XII y reserva el XIII para al-Zagal — señal de que el cómputo dinástico nazarí sigue sin estar fijado.
Proclamado sultán en julio de 1482 por la facción de su madre Aisha bint al-Ahmar y los Banu Sarrach (Abencerrajes) contra su padre Muley Hacén, gobernó intermitentemente durante diez años marcados por la guerra civil familiar y la presión castellana creciente. En abril de 1483 fue capturado por las tropas de Diego Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles, en la batalla de Lucena; los Reyes Católicos lo liberaron a cambio de vasallaje y de su compromiso de hostigar al partido de Muley Hacén — convirtiéndolo de hecho en agente castellano dentro del propio reino.
Tras la muerte de Muley Hacén (1485) y la deposición de su tío al-Zagal (1487), Boabdil fue el último gobernante efectivo de Granada. En julio de 1490 intentó aún romper el cerco con una última ofensiva a gran escala — recuperó y arrasó el castillo de Alhendín y atacó Salobreña en busca de auxilio norteafricano —, sin éxito. Los Reyes Católicos cercaron la ciudad desde 1491 con un campamento permanente — Santa Fe, fundada como base militar en mayo de 1491 — y obligaron a la capitulación. Las Capitulaciones de Santa Fe, firmadas el 25 de noviembre de 1491, garantizaban a la población musulmana el respeto a la religión, los bienes, las costumbres y la lengua árabe — promesas violadas sistemáticamente en las décadas siguientes.
Esa violación no fue un accidente, sino un proceso. El propio documento de rendición — el «Privilegio de Asiento y Capitulación», setenta y siete artículos firmados el 25 de noviembre de 1491 — fue concebido por la Corona como una solución temporal, modificable «según conveniencia militar o política». La tolerancia de los primeros años (1492-1495) sirvió sobre todo para que las élites nazaríes, Boabdil incluido, optaran por el exilio y dejaran a la población sin cabezas visibles. El primer artículo quebrantado fue el de las armas: aprovechando el hambre de una Vega arrasada por la guerra, las autoridades cambiaron a los granadinos sus armas por harina. El proceso culminó con la conversión forzosa — Reino de Granada en 1501, resto de Castilla el 12 de febrero de 1502 —, en flagrante contradicción con el artículo que prohibía obligar «á ningund moro nin mora… á que se torne cristiano». Décadas más tarde, el morisco Francisco Núñez Muley se lo recordaría a Felipe II: «la conversión fue por fuerza contra lo capitulado por los señores Reyes Católicos cuando el rey Abdilehi les entregó esta ciudad».
El 2 de enero de 1492 Boabdil salió de Granada y entregó las llaves de la Alhambra — había adelantado la entrega, prevista en las capitulaciones para el 6 de enero, ante el temor a una revuelta en la ciudad descontenta (el último foco en rendirse había sido Alfacar, al norte de la Vega, el 22 de diciembre). La escena real dista de la estampa romántica que fijó Francisco Pradilla en 1882: la reina Isabel se mantuvo apartada en un cerro por seguridad, las llaves pasaron al conde de Tendilla — nombrado alcaide de la Alhambra — y Fernando no consintió que el sultán se apease a besarle las manos. Según la leyenda recogida por al-Maqqari, al volver la vista atrás desde el puerto del Padul lloró por la pérdida; su madre Aisha le habría reprochado: «Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre». La frase es probablemente apócrifa pero ha sido adoptada como icono cultural. Boabdil se exilió primero a sus señoríos alpujarreños — concesión inicial de los Reyes Católicos —, después a Fez en 1493 cuando aquellos territorios le fueron retirados, y murió en el norte de Marruecos hacia 1533, según las fuentes árabes en condiciones precarias y olvidado por sus contemporáneos.