Alfonso VI
el Bravo
Alfonso VI es uno de los soberanos más relevantes de la historia leonesa-castellana medieval. Recibió León en el reparto de 1065, fue expulsado por su hermano Sancho II en 1072 y pasó un año en la corte de la taifa de Toledo, bajo la protección del emir al-Mamún. Cuando Sancho murió asesinado ante Zamora, Alfonso regresó y reunificó todos los dominios paternos. Según una tradición cronística tardía, los castellanos le exigieron jurar que no había tenido parte en el asesinato de Sancho —el “juramento de Santa Gadea”— aunque el episodio tal como se narra en el romancero es de dudosa historicidad.
El hito más significativo de su reinado fue la conquista de Toledo en 1085, antigua capital visigoda y sede primada de la Iglesia hispánica. La toma se realizó sin gran resistencia militar: el emir al-Qadir la entregó a cambio de garantías. Con Toledo, Alfonso VI obtenía no solo una posición estratégica clave sino también un enorme peso simbólico. Se tituló “emperador de toda España” e impulsó el rito romano frente al mozárabe, con el apoyo del papado reformador. Para los reinos del norte, la conquista marcó un cambio cualitativo en el equilibrio peninsular.
La respuesta llegó en 1086: los emires andalusíes, incapaces de contener por sí solos el avance leonés-castellano, llamaron a los almorávides del norte de África. En la batalla de Sagrajas ese mismo año, Alfonso VI sufrió una derrota severa. Los almorávides, una confederación bereber de fuerte cohesión religiosa, absorbieron progresivamente las taifas andalusíes y presionaron con eficacia sobre la frontera. Alfonso no pudo revertir la situación y murió en 1109. Le sucedió su hija Urraca, la primera reina reinante de León.