Alfonso V
el Magnánimo
Alfonso V el Magnánimo gobernó la Corona de Aragón durante cuarenta y dos años, pero los últimos veintiséis los pasó fuera de la Península, gobernando desde Nápoles una monarquía compuesta que tenía su centro de gravedad en el Mediterráneo central. Heredó la corona en 1416 y desde el primer momento orientó su política hacia Italia: la reclamación del reino de Nápoles —que la Corona de Aragón tenía vinculado desde Pedro III a través de Sicilia— se convirtió en el proyecto de su vida.
La conquista de Nápoles fue lenta y costosa. Alfonso fue incluso capturado por los milaneses en 1435 durante una batalla naval y tuvo que negociar su liberación; pero en 1442 entró victorioso en la ciudad. Estableció allí su corte definitiva, convirtiéndola en uno de los grandes focos del humanismo renacentista: Pisanello lo retrató en una medalla célebre, Lorenzo Valla trabajó a su servicio, y el Castel Nuovo fue remodelado con un arco de triunfo en la entrada que imitaba los arcos romanos imperiales.
La paradoja de su reinado fue que Aragón, Cataluña, Valencia y Sicilia —los territorios hereditarios de la Corona— recibieron un gobierno ausente y delegado. Su hermano Juan actuó como lugarteniente general en la Península. Cuando Alfonso murió en Nápoles en 1458, Aragón pasó a Juan II, mientras que el reino de Nápoles, considerado una adquisición personal, recayó sobre su hijo ilegítimo Ferrante.