Alfonso I
el Batallador
Alfonso I el Batallador fue el rey que transformó Aragón de un reino pirenaico menor en la potencia hegemónica del nordeste peninsular. En treinta años de reinado casi ininterrumpidamente militar, multiplicó el territorio y los recursos del reino; el epíteto no es exagerado: las crónicas le atribuyen participación en más de veintinueve batallas campales, cifra excepcional para la época.
La primera gran empresa fue el matrimonio con Urraca, reina de León y Castilla, en 1109. La unión pretendía cimentar una alianza estable entre los dos grandes bloques cristianos del norte, pero fue tormentosa desde el inicio: la nobleza leonesa rechazó la autoridad del aragonés, el matrimonio fue declarado nulo por consanguinidad en 1114, y los años siguientes vieron enfrentamientos armados entre los dos soberanos.
El hito definitorio de su reinado fue la conquista de Zaragoza en 1118. La antigua capital de la taifa y una de las ciudades más grandes de la Península cayó tras un cerco en el que participaron cruzados francos convocados bajo predicación papal. En los años siguientes cayeron Tudela, Tarazona, Calatayud y Daroca; la frontera meridional del reino se había desplazado cientos de kilómetros. Murió en 1134 en la derrota de Fraga contra los almorávides, sin heredero legítimo. Su testamento —que cedía el reino a las órdenes militares, documento de autenticidad debatida— fue ignorado: Aragón buscó un sucesor dinástico en su hermano Ramiro, que era obispo; Pamplona se separó y eligió a García Ramírez.