Sancho Ramírez
Sancho Ramírez heredó en 1063 un reino todavía pequeño, encajonado entre los Pirineos y las taifas del Ebro, y lo gobernó durante treinta y un años con una política coherente de expansión meridional y alineamiento eclesiástico. El gesto más original de su reinado fue la sumisión formal al papado en 1068: reconoció Aragón como feudo de la Santa Sede y adoptó la liturgia romana en sustitución del rito hispano-visigótico, convirtiéndose en uno de los primeros soberanos ibéricos en abrazar plenamente la reforma gregoriana. A cambio obtuvo respaldo papal y legitimidad frente a sus rivales.
En 1076, la muerte violenta y sin heredero del rey Sancho IV de Pamplona le permitió incorporar el reino pamplonés a sus dominios por vía sucesoria, convirtiéndose en rey de Aragón y Pamplona. Esta unión personal —no fusión institucional— amplió su base territorial y sus recursos militares.
La política de presión hacia el sur dio frutos progresivos: tomó Graus en 1083, vengando simbólicamente la muerte de su padre en ese lugar veinte años antes, y avanzó hacia Huesca, la capital de la taifa. El cerco de Huesca fue el proyecto militar de sus últimos años; murió ante sus muros en 1094. Su hijo Pedro I completaría la conquista al año siguiente.