Muhammad I
Ibn al-Ahmar
Fundador del reino nazarí de Granada, último estado musulmán de la Península. Muhammad ibn Yusuf ibn Nasr al-Ahmar — conocido por sus contemporáneos como Ibn al-Ahmar, «el del cabello rojo» — pertenecía a una familia árabe del clan Banu Khazradj de Arjona, en la actual provincia de Jaén. Tras la caída de Córdoba (1236) y la fragmentación almohade, se proclamó emir en Arjona el 18 de abril de 1232, día con el que se cierra convencionalmente la dinastía nazarí.
Muhammad maniobró durante años entre Castilla, Aragón y los pequeños emiratos andalusíes en colapso. Entró en Granada en 1238, eligiéndola como capital por su geografía defensiva — el cerro de la Sabika sobre el Genil ofrecía una posición militar excepcional. Pactó vasallaje con Fernando III en el Pacto de Jaén (1246): pago de parias anuales — que las crónicas castellanas cifran en torno a 150.000 maravedíes —, cesión de doce villas fronterizas y entrega de tropas auxiliares. En 1248 acompañó personalmente a Fernando III en el cerco final de Sevilla, decisión política controvertida pero que aseguró cuatro décadas de paz interna para el nuevo reino. Inició la construcción de la Alhambra sobre la antigua alcazaba zirí: muralla, alcazaba, pozos de aljibe — el sustrato sobre el que sus sucesores levantarían los palacios y los jardines durante los dos siglos siguientes. Murió en 1273, a los setenta y ocho años, dejando un reino consolidado, una capital fortificada y una dinastía que duraría ocho generaciones más.
El reino que dejaba consolidado se asentaba sobre la Vega de Granada, el espacio agrario más densamente irrigado de al-Ándalus. La gran red de acequias que la vertebraba no era obra nazarí: se había gestado desde época emiral y se consolidó bajo los ziríes en el siglo XI, ampliándose después con almorávides y almohades. Muhammad I la heredó y la puso al servicio de su nueva capital — suya es la orden, en 1238, de abrir la Acequia Real que conducía el agua hasta la Alhambra. Sobre ese sustrato hidráulico y un poblamiento de centenares de alquerías reposaría la economía del último emirato peninsular durante los dos siglos y medio siguientes.