Fernando I
el Magno
Fernando I fue el primer soberano en gobernar conjuntamente León y Castilla, aunque la unión no fue el resultado de un proyecto político preconcebido sino de la lógica de la sucesión. Era hijo de Sancho III el Mayor de Pamplona y había recibido el condado de Castilla al morir su padre. Al matar a Bermudo III de León en la batalla de Tamarón en 1037, el trono leonés pasó a su esposa Sancha —hermana del rey muerto— y, por tanto, al propio Fernando, que gobernó ambos territorios hasta su muerte.
Durante su reinado Fernando I aprovechó el colapso del califato de Córdoba, que desde 1031 había dado paso a docenas de pequeñas taifas rivales entre sí. Esta fragmentación le permitió proyectar el poder leonés-castellano hacia el sur, exigiendo tributos (parias) a varios emires andalusíes como precio de su seguridad. Fernando no perseguía la conquista territorial directa sino el control y extracción de riqueza: un modelo que sus sucesores continuarían perfeccionando. También lanzó campañas hacia el oeste y el noroeste, avanzando en territorio que hoy es Portugal.
Al morir en 1065, Fernando I dividió sus dominios entre sus tres hijos, según una práctica dinástica que reproducía el modelo de Sancho III: Sancho recibió Castilla, Alfonso León y García Galicia. Esta división, que repitió el error de 910, desencadenaría años de rivalidad fraticida entre sus sucesores.