Alfonso II
el Casto
Reinado largo de cincuenta y un años, el más extenso de toda la dinastía asturiana, que transformó un reino de razzia y resistencia montañesa en una formación política con corte estable, programa monumental y proyección internacional. Hijo de Fruela I y Munia de Álava, había sido apartado del trono por la facción nobiliar tres veces (con Aurelio, con Silo, con Mauregato) antes de heredarlo por abdicación de Bermudo I.
Fijó la capital en Oviedo de manera definitiva y mandó construir un programa de iglesias palatinas — la Cámara Santa, San Tirso, San Julián de los Prados — que dieron al reino su primera arquitectura propia, el llamado prerrománico asturiano. La corte adoptó modelo visigótico-toledano: pretendía ser sucesora del reino de Toledo, no una novedad militar de las montañas. Las embajadas regulares con Carlomagno (entre 798 y 814) reflejan ese reconocimiento internacional: Alfonso es ya un rex tratado de igual a igual por el imperio carolingio.
A su reinado se atribuye el descubrimiento de la tumba del apóstol Santiago en Compostela, fechado tradicionalmente entre 813 y 825 bajo el obispo Teodomiro de Iria Flavia. La invención del sepulcro — entendida en el sentido medieval del término, hallar una reliquia mediante revelación divina — sirvió como motor ideológico del reino y creó el polo religioso que en los siglos siguientes superaría incluso a la propia Oviedo.
El epíteto “el Casto” deriva de la afirmación, presente ya en las crónicas asturianas, de que Alfonso vivió en celibato voto con su esposa Berta, sin descendencia. La historiografía ha discutido si fue celibato real o construcción posterior para explicar la falta de hijos directos; en cualquier caso, la corona pasó a Ramiro, hijo de su predecesor Bermudo I, no por designación sino por elección de los magnates.